La relación entre una persona y el paisaje que mira desde la ventana no podría ser conflictiva cuando lo que se ve hacia afuera implica tanta belleza como una extensión de campo iluminado al mediodía, o tanta vitalidad como el tránsito y la diversidad de una de las ciudades capitales del mundo.

Eso sabemos en teoría y nos lo creemos, pero no siempre es así. Hay relaciones conflictivas con el paisaje: hay vistas hacia el campo, que por la mañana vierten tanta luz sobre la habitación y permiten que entre tanto calor en ella, que hacen imposible recuperar unas horas de sueño después de una noche entera de trabajo o de desvelo por otras causas.

Hay ventanas abiertas hacia la ciudad, que en algún punto, cancelan el recogimiento y el descanso de los inquilinos por permitir la entrada de toda la contaminación acústica que se gesta en el centro brillante de la urbe.

La vista del primer ejemplo corresponde a la casa de campo de mi padre, a quien por mucho tiempo el sueño le estuvo negado durante el día por la cantidad de luz que se filtraba por el cristal y las delgadas cortinas de tela.

El segundo ejemplo es el cuadro de una ciudad en la que viví y que no dormía nunca, como mi propio retrato, tan insomne como mi padre, esperando que amaneciera para que el ruido volviera a parecerme fascinante.

Lo singular y al mismo tiempo lo que tienen en común estas anécdotas, es que ambos pudimos reconciliarnos con el paisaje y nunca lo supimos. Habría sido útil y también suficiente, instalar unas cortinas black out, confeccionadas mediante un diseño que bloquea la entrada de la luz al tiempo en que aísla los espacios del sonido ambiental.

Aunque esta tecnología se originó en los centros de negocios con el propósito de aislar las salas de conferencias o reuniones, actualmente el ámbito doméstico ha sido una de sus principales y más exitosas aplicaciones.

Entre sus características, destacan su elaboración en tela gruesa y pesada y la practicidad de un diseño convencional que permite abrirlas o cerrarlas en función de las necesidades de descanso o actividad de cada usuario.

Pocos gustos son comparables con la posibilidad de mirar el paisaje, aunque haya ciertamente, en el privilegio, una cláusula: la vista no debe ser invasiva; mucho menos en lo que respecta a un cuarto de descanso: es para visitarla, no para sentirse visitado.

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